DISFRACES, BAILES Y MÚSICA A TRAVÉS EL TIEMPO

No era un domingo cualquiera. Las familias enteras salían a la calle después de almorzar a compartir una tarde especial en comunidad. Con bombitas de agua, baldes, mangueras y pomos de espuma en sus manos. Las casas quedaban abiertas de par en par, se entraba y salía constantemente. No había rejas, cámaras de seguridad ni alarmas. Tampoco asfalto, solo tierra que se convertía en barro. Los autos de los adultos quedaban estacionados sobre las veredas, mientras los más chicos iban corriendo o en bicicletas. Las mojadas era un divertimento, aunque, en ocasiones, ocurrían ciertos excesos y las bromas se tornaban en un asunto serio cuando, por ejemplo, alguien se quedaba sin agua y recurría a la zanja. Los reproches y enojos también ocurrían en los días previos, cuando los varones jóvenes empapaban a una mujer que estaba yendo o viniendo de trabajar. Mientras que el sábado a la noche todo era alegría con los desfiles de corsos y murgas en la avenida principal más cercana. Esta postal ya no se ve completa porque los tiempos cambiaron, pero el protagonista siendo el mismo: el Carnaval.

Todo el color carnavalesco al aire libre. 

Esta fiesta popular e histórica fue introducida en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) por los inmigrantes españoles y tiene su origen en una celebración pagana, pero de origen cristiano. Su nombre proviene del latín, "carne levare", que significa "limpiar la carne" durante los cuarenta días que dura la Cuaresma, que se trata de un periodo de arrepentimiento, reflexión y preparación espiritual.

El Miércoles de Ceniza es el primer día de la Cuaresma -que termina el sábado previo al domingo de Pascuas- y está precedido por el Martes de Carnaval.

LA ÉPOCA COLONIAL

En este período, el Carnaval fue impulsado por los sectores populares participaban de los bailes de máscaras que se realizaban en el teatro de La Ranchería, inaugurado en 1783 y también conocido como la “Casa de Comedias”. El festejo ocupaba, además, el espacio público con los juegos con agua en plena calle y desde los balcones.

El desenfreno y el bullicio que se generaban durante esos días no eran más que “costumbres bárbaras” para la clase alta, que se oponían a este festejo y concurrían a la misma Casa de Comedias por separado, a los eventos especiales que se hacían los domingos.

La Ranchería, el primer teatro de Buenos Aires.
Foto: Gobierno BA.

Por ello, bajo el mandato del virrey Juan José de Vertiz y Salcedo, entre 1770 y 1784, los bailes se limitaron a lugares cerrados y el toque de tambor que solía acompañarlos era castigado con azotes y hasta un mes de cárcel.

Durante la primera y segunda gobernación de Juan Manuel de Rosas -entre 1829 y 1852- por decreto, se censuró, castigó y prohibió celebrar el Carnaval hasta que en 1854 el gobierno de Buenos Aires autorizó la realización de bailes de máscaras y juegos de agua.

En 1845, Domingo Faustino Sarmiento emprendió un viaje de dos años que lo llevó a recorrer varios países del mundo. En Italia participó de los carnavales, conoció las clásicas máscaras venecianas y quedó atraído por la idea del anonimato de los disfraces como forma de borrar, por un instante, la desigualdad de clases sociales.

"El día de mi llegada a Roma, la campana del capitolio empezó a tañer a golpes redoblados pasado el mediodía. Y un murmullo respondió de todos los ángulos de la ciudad a una señal impacientemente esperada como la voz del ángel del placer que llama a los muertos a una vida febril. Era la apertura del Carnaval", relató en su libro Viajes.

Durante su presidencia, en 1869 promovió el primer corso oficial de la ciudad de Buenos Aires. Sarmiento participaba activamente de estos festejos junto a las murgas y comparsas, compuestas principalmente por afrodescendientes, que eran una de las mayores atracciones. También los disfraces y máscaras que intentaban igualar, sin distinción, a todos los participantes.

Los afroargentinos de esta época experimentaban el Carnaval como un espacio más para compartir su música. Los toques, las danzas y cantos formaban parte de su vida cotidiana, pero “los blancos”, en cambio, lo vivían al estilo del viejo continente, es decir, como un ámbito acotado para la liberarse por un rato de las normas opresivas a través de la alegría, la burla y el desenfreno.

Los disfraces de los desfiles antiguos.
Foto: Archivo General de la Nación.

En una de sus visitas a Estados Unidos, Sarmiento conoció a las compañías de minstrels, que estaban formadas por blancos que se pintaban la cara de negro para caricaturizar a los afroamericanos, mostrándolos como seres inferiores, primitivos, perezosos. Sarmiento invitó a una de estas compañías a un corso porteño. Tuvo tal repercusión que, durante los años siguientes, los porteños blancos de clase alta comenzaron a imitar a los minstrels que burlaban a los negros.

Esa estigmatización fue tomada por los afroporteños como una ofensa a sus tradiciones. Por este motivo se retiraron y retiraron al candombe de la escena pública, practicándolo sólo en espacios íntimos.

Estas ofensas, sumadas a las políticas de blanqueamiento de la generación de 1880, contribuyeron al silencio social que mantuvieron los afrodescendientes por más de cien años.

SIGLO XX

En la Ciudad de Buenos Aires, a partir de la expansión de sus arrabales a partir de 1920, comenzó a cobrar importancia un nuevo componente en las relaciones de identidad en torno al carnaval: el barrio; los negros en San Telmo y Monserrat; los italianos en La Boca; los judíos al sur de Palermo; y los árabes en el Once; por ejemplo.

Hasta ese entonces, los lazos eran más bien étnicos y se distinguían tres grandes grupos: africanos, europeos y criollos. Así fueron evolucionando y surgió la murga, un conjunto de entre quince o veinte muchachos, vecinos entre sí, salían en esta fecha a las calles a cantar canciones picarescas, acompañados por instrumentos caseros, como tambores hechos con ollas y maracas. Los nombres ya no incluían la etnia ni la colectividad de pertenencia; y todavía no incluían al barrio. Utilizaban mucho el doble sentido: “Salamin senza piolita”, “Los Amantes de la castaña”, “Los Amantes de las chicas bien”, “Los Farristas”. La vestimenta también era casera, comúnmente levitas confeccionadas en tela de arpillera o directamente disfrazados.

La murga adoptó como instrumento de percusión el bombo con platillo que habían traído los inmigrantes españoles. Este va a tener gran importancia en la murga porteña y será, en décadas posteriores, factor de identidad. Se incorporaron también instrumentos de viento, el bandoneón y el acordeón. De las comparsas y agrupaciones de inmigrantes, la murga tomó la confección de trajes con mayor dedicación; se conservó la forma levita, pero realizada en géneros brillantes y se desechó la tela de arpillera. A su vez, el nombre pasó a estar escrito en un estandarte que va encabezando el desfile, el cual era sacado de las comparsas que parodiaban a las bandas musicales o militares.

Los ritmos y pasos de baile surgieron de la mezcla entre esos estilos más clásicos y formales y el candombe, la rumba y la milonga. Y las letras de las canciones seguían siendo parodias de piezas populares con música reconocible. 

Se incorporaron también las llamadas fantasías: banderas, grandes abanicos, representaciones de símbolos ligados al carnaval o al juego (dados), cabezudos; y disfraces típicos como el Oso Carolina (hombre disfrazado de oso que era llevado, cadena mediante, por el domador), payasos (llamados tonis), arlequines, pierrots, etcétera.

A partir de este conjunto de incorporaciones, la murga, que había comenzado como la forma de agrupación carnavalera más libre en cuanto los componentes que incluía, se fue especializando y culminó en los Centros Murga de fines de los años '40.

La murga del '50 tomó de las agrupaciones carnavalescas de las décadas anteriores una serie de símbolos y formas para crear una nueva impronta que se va a estandarizar. 

Barrio, nombre y colores pasaron a ser los tres fuertes factores de identidad de las murgas. Cada barrio creará un estilo de baile y un “toque” rítmico particular. Así surgió una especie de nacionalismo barrial murguero que luego se ligaría al nacionalismo barrial futbolero.

Todo el color en la vestimenta y los estandartes.

Desde la Revolución Libertadora de 1955 en adelante, los sucesivos gobiernos militares intentaron controlar la fiesta de Carnaval. Se encontraban con el inconveniente de que se había extendido a otras prácticas, más allá de los corsos. Llegó a los clubes más grandes, como Boca, River, Vélez y Comunicaciones, donde se empezaron a realizar bailes de Carnaval, con gran asistencia de público, en los que actuaban orquestas de jazz, de tango y de música tropical. Ingresaron, entonces, al “mundo” del carnaval las empresas discográficas y la publicidad.

Lo que sí pudo controlar la Libertadora fue el uso de disfraces en los corsos; para demostrar que detrás de una máscara no se escondía un ladrón había que sacar un permiso en la comisaría más cercana. Tanto los espectadores como los artistas siguieron sufriendo controles y prohibiciones según el gobierno o la dictadura de turno, lo que provocó el comienzo de la declinación de la fiesta.

A partir de 1976, durante la última dictadura cívico-militar, se eliminó al Carnaval del calendario oficial de festejos, se detuvieron sus manifestaciones callejeras y se quitaron los feriados. Corsos hubo hasta 1981, pero a las murgas se les complicaba mucho la realización de su espectáculo. Sin los feriados había menos días para actuar y el control sobre las letras impedía la expresión. Muchas murgas dejaron de presentarse y en los últimos tres años de la dictadura no se presentó ninguna en la ciudad.

A partir de 1983, a pesar de que sólo habían sobrevivido una decena de murgas, el fenómeno carnavalesco continuó con mucha fuerza en los barrios y volvió a ganar el espacio público.

La impronta especial del Carnaval norteño.

En 1997, el ex Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires declaró "patrimonio cultural la actividad que desarrollan las agrupaciones de carnaval” y se facultó al Gobierno porteño a “propiciar las medidas pertinentes para que las mismas puedan prepararse, ensayar y actuar durante todo el año en predios municipales que puedan adaptarse a tales fines o bien a gestionar espacios en clubes y sociedades de fomento cuando las circunstancias así lo requieran”.

En 2004, la Legislatura Porteña declaró días no laborables los lunes y martes de Carnaval. Un paso adelante para reestablecer aquellas jornadas festivas. Hasta que en 2010 se restituyeron oficialmente los feriados nacionales.

Los clásicos pasos de los murgueros. 

En la provincia de Buenos Aires se inauguró en 2022 el programa “Carnaval es Cultura”, a cargo de Instituto Cultural bonaerense, con el propósito de acompañar y proteger a las agrupaciones murgueras y colectivos de carnaval, fortaleciendo sus prácticas y producciones culturales en el territorio bonaerense. Para ello, se conformó un Registro Provincial de murgas y agrupaciones de Carnaval, y se convoca a proyectos de desarrollo artístico y eventos de promoción y difusión del encuentro.

En el marco del programa Carnaval es Cultura se entregan los premios anuales a Proyectos de Desarrollo Artístico y Cultural de las Murgas, Comparsas y Agrupaciones de Carnaval bonaerense. Y también el reconocimiento a la “Alegría Popular” que premia a referentes de organizaciones ligadas a los carnavales bonaerenses desde una perspectiva de los derechos humanos.

Actualmente, el programa tiene registradas 568 murgas, lo que alcanza a 38.195 personas y 82 municipios.

Mientras tanto, durante los cuatro días del fin de semana largo de Carnaval, tanto en las Ciudad de Buenos Aires como en los distintos municipios bonaerenses se siguieron desarrollando los tradicionales, ruidosos, coloridos e inconfundibles festejos al aire libre -ya sea en un autódromo, corsódromo, parque o avenida-, con la participación de los vecinos y vecinas reunidos en un mismo lugar, con la misma premisa de expresar una tradición histórica que no solo entretiene, sino que también forma y enseña.

AA

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