UN SABOR ESPECIAL QUE CRUZÓ EL OCÉANO
Por lo general, a esta villa turística de la costa atlántica bonaerense se la asocia con el verano, el sol, la playa y el mar. Sin embargo, durante toda su historia ha sostenido una tradición alpina proveniente del frío invierno europeo, la cual trajeron consigo los pioneros alemanes que la fundaron hace casi un siglo. Quizás, esta sea una de las razones por las que hace 30 años, cada fin de semana largo de agosto, se festeja la Fiesta Nacional del Chocolate en un marco encantador, en contacto directo con la naturaleza y que recuerda bastante a los bosques germánicos y, a su vez, a los de nuestra Patagonia, adonde también se radicaron muchos inmigrantes provenientes de esas latitudes, especialmente, tras la Segunda Guerra Mundial.
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| La 30° Edición de la Fiesta Nacional del Chocolate. Foto: Municipalidad Villa Gesell. |
La “ChocoGesell” tuvo origen en 1996 por iniciativa de la Municipalidad y busca asociar la actividad pública y privada en un evento que promociona la ciudad en temporada baja. Para ello se captó la atención de todas las empresas relacionadas en forma directa con la producción de la repostería en chocolate y afines.
En esta edición especial hubo más de 60 expositores de chocolatería, alfajores y repostería, casi 200 artesanos con piezas únicas, el patio cervecero, con gastronomía salada, feria de productores regionales y unos 40 espectáculos en vivo, concursos, talleres y espacios de juegos para los chicos.
Las presentaciones musicales y talleres de danzas tuvieron dos escenarios –“Carpa” y “Bosque”- e incluyeron distintos estilos y épocas, mientras que la apertura oficial a cargo de la Orquesta Municipal.
Además, para este 30° Aniversario el domingo al mediodía se llevó a cabo a la focaccia más grande de Argentina -de 12 metros de largo por 50 centímetros de ancho-, para lo cual se utilizaron ingredientes que rinden homenaje al bosque, como hongos de pino y sal marina, acompañados por una salsa de chocolate picante, rúcula, jamón crudo, parmesano y tomates confitados.
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| La focaccia más grande de Argentina. Foto: Municipalidad Villa Gesell. |
El evento se llevó a cabo entre las 11 y las 21 del 15, 16, y 17 de agosto en el Pinar del Norte, también denominado “Bosque Fundacional”, ubicado en Alameda 202 y calle 303, donde uno de los momentos más esperados fue en la tarde del lunes con el concurso a la mejor pieza de chocolate y al mejor postre con la entrega de premios y reconocimientos.
Por su parte, Emiliano Felice, secretario de Turismo de Gesell, remarcó que desde 2008 se consolida un calendario que incluye una otros eventos como La Criolla, Invierno Medieval, Diversidad Cultural y los Carnavales, que “son herramientas concretas que ayudan a que Gesell tenga movimiento más allá del verano”.
Y destacó que, durante la pandemia, la ChocoGesell logró la distinción de Fiesta Nacional, sumándose a la de la Diversidad Cultural y la de la Brótola.
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| El Bosque Fundacional. Foto: Municipalidad Villa Gesell. |
Según Felice, uno de los grandes aciertos fue trasladar la fiesta en 2015 al Bosque Fundacional, lo que permitió pasar de un recinto cerrado en el centro al contacto directo con la naturaleza y esto hizo escalar la convocatoria de 8.000 personas a picos de casi 80.000 en sus mejores ediciones.
TODA UNA AVENTURA
Para poder disfrutar hoy del enorme y hermoso pinar que acoge esta fiesta primero hubo un arduo trabajo desde cero que demandó años de esfuerzo y sacrificios de la familia de Don Carlos, el fundador de la villa.
En 1931, cuando su vida era próspera y tranquila, Don Carlos se fue a veranear a Mar del Plata, donde conoció al dueño de casi todos los campos de la zona costera y que era, además, un gran forestador. Este hombre le habló de una franja de médanos que existía al norte de esa ciudad y que estaba en venta. El inmigrante alemán, quien desde chico siempre había querido pasar más tiempo junto al mar, se interesó en esa oferta ya que, más allá de saciar sus gustos personales, buscaba un campo donde plantar pinos que, con el tiempo, pudiesen abastecer de la madera necesaria para reemplazar a la que traía desde la Mesopotamia para la fábrica de su familia, que funcionaba en el norte del conurbano bonaerense.
Así fue que al día siguiente de tomar conocimiento de esa franja de médanos se fue junto al vendedor a ver esos terrenos. Viajaron en sulky y Don Carlos quedó maravillado ante la inmensidad de arena ubicada frente al océano. Una vez allí, hizo en el suelo algunos pozos con sus manos y comprobó que el agua dulce estaba muy cerca de la superficie. Pero cuando regresó de sus vacaciones sus hermanos le reprocharon que había malgastado una importante suma de dinero en “un montón de arena”.
Don Carlos no les prestó atención y siguió con su plan, mientras que en la fábrica se perfeccionó en la construcción de muebles extensibles para el aseo y vestido de bebes. Además, en sus ratos libres, inventó un vaporizador para cocina a querosén, nafta y gas oil, y un regulador de velocidad para cargadores.
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| Don Carlos, el fundador. Foto: Museo Histórico Municipal Carlos Gesell. |
“Yo soñaba con ser inventor, pero terminé convirtiendo un desierto en un pueblo a base a mucho esfuerzo y trabajo”, explicaría muchos años después el propio Don Carlos.
Incansable, este aventurero contrató gente para que se instalase en los médanos recientemente adquiridos. Él enviaba por tren las plantas para comenzar con la forestación y el resto del transporte se llevó a cabo por medio de carros tirados por caballos. A su vez, el pionero viajó a sus nuevos terrenos cada quince días para supervisar el trabajo realizado, el cual rápidamente se convirtió en una gran frustración ya que los primeros árboles plantados se secaron por acción de los vientos y de la arena voladora.
Al cabo de un año, Don Carlos inició la construcción de su propia vivienda sobre un médano situado a pocas cuadras del mar. Los paneles de madera se confeccionaron en la fábrica familiar y los montaron sobre la arena. Los albañiles hicieron un encadenado y levantaron una estructura rígida que fue llevada desde la Capital. Las paredes se hicieron dobles ya que la madera quedó cubierta por un revoque grueso. Y el hueco entre ambas paredes se rellenó con material aislante. Finalmente, su casa constó de cuatro ambientes: cocina, baño y dos habitaciones, y más adelante se agregó un toilette al dormitorio principal.
Como característica distintiva, esta propiedad tenía cuatro puertas de ingreso, una por cada lado, para tener más de una opción en caso de que el viento acumulara arena en alguna de ellas y la bloqueara. Allí viviría con su segunda esposa, Doña Emilia, y los seis hijos de su primer matrimonio.
| Don Carlos y su familia. Foto: Museo Histórico Municipal Carlos Gesell. |
Mientras tanto, la forestación siguió siendo un problema sin solución y, en 1934, Don Carlos contrató a un ingeniero alemán amigo de la familia para que lo ayudase. Durante un año realizaron juntos una serie de intentos sin éxito, por lo que el ingeniero le dijo a su compatriota que en ese suelo de arena no iba a crecer nada y regresó a su país.
Después de seguir intentando por su cuenta, el pionero comprendió que debía detener el movimiento de la arena para que los árboles pudiesen crecer sin secarse. Así, puso en práctica un método propio de trazar cuadrados de diez metros por lado y plantar esparto alrededor de los mismos. El esparto resultó fuerte y resistente ante los vientos y la composición calcárea de la arena. Entonces, en el centro de los cuadrados sembró cebada y un trébol que enriqueció el suelo tomando nitrógeno del aire y volviéndolo más fértil.
Luego, en un tubo de cartón alquitranado colocó una mezcla de tierra negra y arena y allí plantó la semilla del árbol. Finalmente, depositó ese tubo dentro del cuadrado haciendo que la raíz buscase el agua en la profundidad y quedase afirmado en el suelo para evitar ser arrancado por el viento.
A pesar de que este método funcionó, la pérdida de árboles fue importante, por lo que Don Carlos decidió importar una acacia que crecía en la zona costera de Australia, a la misma latitud y adaptada al suelo arenoso y los fuertes vientos salinos. Y esta idea funcionó de manera extraordinaria ya que le permitió plantar un pino rodeado de tres acacias para que estas los protegiesen.
De esta manera, el pionero desarrolló la forestación de los médanos desde el mar hacia tierra adentro y los bosques fueron tomando forma, al tiempo que la villa comenzó a crecer. Los pobladores cultivaron sus propias huertas y ordeñaron la leche de las chivas para aprovisionarse. También construyeron un gran gallinero para vender huevos, pero el negocio no prosperó y Don Carlos terminó usando los huevos sobrantes como abono para el suelo.
A comienzos de los 40', el dinero de la familia de Don Carlos se estaba acabando, por lo que el pionero construyó una casa frente al mar para alquilarla durante el verano. Publicó un aviso en un diario de la Capital y fue un empresario extranjero el que le respondió y terminó pasando toda la temporada en ese inmueble a cambio de mucho dinero.
Esa experiencia llevó a Don Carlos a ver que la villa se podía convertir en un centro turístico y al verano siguiente decidió alquilar la nueva vivienda a distintos visitantes a los que iba a buscar en sulky hasta la estación ferroviaria de General Madariaga, la ciudad más cercana y situada hacia el oeste.
Todos los turistas que alquilaron esa casa, incluyendo el empresario extranjero, regresaron de sus vacaciones completamente fascinados con la villa y recomendaron a sus conocidos ir a visitarla. Se fue corriendo la voz y las personas más adineradas de la Capital y sus alrededores comenzaron a comprar lotes en el pueblo.
Gracias a ese negocio, Don Carlos solucionó sus problemas económicos, abandonó definitivamente su intención de plantar bosques para obtener madera para su fábrica y se dedicó de lleno a administrar un balneario.
Al poco tiempo, el turismo experimentó un crecimiento tremendo a partir de la apertura de un camino de acceso a la villa desde la ruta interbalnearia que permitió a los visitantes llegar en sus propios vehículos.
Ante la gran cantidad de turistas, Don Carlos transformó su vivero en un almacén de ramos generales para que los veraneantes no tuviesen que salir de la villa a realizar las compras. Él mismo se encargaba dos veces por semana de traer desde Madariaga distintos productos alimenticios, de higiene personal y de limpieza. Y antes de cada viaje les pedía a los visitantes que le entregasen una lista con lo que necesitarían.
La puesta en funcionamiento del almacén fue seguida por la instalación de un surtidor de nafta y de un taller mecánico para atender las necesidades de los autos de los turistas y también de las máquinas viales que Don Carlos fue adquiriendo para mantener en buen estado las calles internas de la villa.
Pero tanto crecimiento repentino obligó al pionero alemán a invertir en infraestructura, así que pronto tuvo que comprar dos generadores para brindar electricidad al menos un par de horas por la mañana y otro tanto por la noche. En aquella época, justo antes de las agujas del reloj marcasen el 12, desde la central se avisaba con guiños de luces que las mismas se iban a apagar durante toda la madrugada y así la gente recurría al uso de velas y faroles a combustible.
Para entonces, Don Carlos dedicaba gran parte de su tiempo al trazado de las calles internas para poder satisfacer los requerimientos del pujante parque automotor. Y como le había ocurrido con la forestación, tuvo que realizar una serie de experimentos previos para descubrir que si a la arena le aplicaba tierra gredosa se evitaba la formación de pantanos después de cada lluvia y se podía transitar sin demasiados problemas.
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| Las playas que atraen a los turistas. Foto: Municipalidad Villa Gesell. |
“Los primeros pobladores de nuestra villa tuvieron que movilizarse con tracción a sangre para poder llegar hasta ese pueblo, desde donde se continuaba otro tanto hasta la estación ferroviaria que databa de principios de siglo y se conectaba con la Capital”, describió el pionero y agregó: “Al no haber caminos, todos los que llegaban a la villa se compraban un caballo y transitaban por la orilla, donde la arena era firme y llana”.
En cuanto a la construcción inmobiliaria, los propietarios copiaron el estilo de la casa de Don Carlos y levantaron chalets alpinos al estilo europeo entre calles sinuosas y las laderas de los médanos.
La década del 50' trajo a la villa la primera escuela –en la que Doña Emilia fue la primera docente y directora- y la sala de primeros auxilios. “Los alumnos llegaban con las piernas lastimadas por la arena que volaba en invierno cuando cruzaban los médanos a pie para llegar a clase a tiempo. Eran chicos de distintas edades y provenientes de familias de diferentes nacionalidades, todas europeas”, contó Don Carlos.
Además, comenzó a funcionar una empresa de micros de larga distancia comenzó a realizar viajes regulares durante el verano, por lo que siguió aumentando la visita de los turistas. Y a partir de este desarrollo urbano surgieron los primeros hoteles y locales gastronómicos, varios de los cuales se mantuvieron abiertos hasta la actualidad.
“Los primeros turistas venían a quedarse todo el verano y así se establecía una relación entre ellos y el lugar y, sobre todo, nosotros, los habitantes permanentes de la villa. Nos juntábamos, mi familia y yo, a comer con ellos como si fuéramos grandes amigos y les contaba historias sobre cómo se había fundado un pueblo en el medio del desierto y a ellos les encantaba la vida salvaje de este lugar. También les conseguía caballos para que salieran a recorrer los rincones más silvestres. Y a medida que nos fuimos conociendo, porque la mayoría volvía al verano siguiente, con los demás pobladores hacíamos todos los 21 de diciembre la fiesta de bienvenida para los turistas y otra de despedida cada 21 de marzo, cuando regresaban a sus respectivos hogares, en distintas partes del país”, relató el fundador.
Pero el punto máximo de crecimiento se produjo en los 60', cuando Don Carlos implementó un plan mediante el cual, si el comprador de un terreno comenzaba a construir inmediatamente su casa y a los seis meses llegaba a los dinteles, recibía un descuento del 50% sobre el precio del lote. De esa manera proliferaron los edificios de propiedad horizontal, como los dúplex, que le dieron un nuevo aspecto a la villa.
Luego, en los 70' se asfaltó la avenida principal que cruzaba el pueblo de un extremo al otro y a la vera de este camino central proliferaron los negocios y edificios.
Por su parte, Don Carlos, quien ya había convertido su primera casa en una oficina donde se administraba la venta de lotes, se mudó a una nueva vivienda más amplia y frente al mar, que se construyó en base a los gustos de su esposa.
Por aquellos años ya había energía eléctrica las 24 horas del día, un hospital que había reemplazado a la sala de primeros auxilios, la oficina de correos, un cuartel de bomberos voluntarios y la comisaría local. Y todo esto le permitió a la villa independizarse por completo de Madariaga.
A fines de los setenta se construyó el muelle y el club de pesca, la terminal de micros y el aeródromo. Mientras tanto, Don Carlos, siguió brindando los servicios viales sacando a la calle sus máquinas después de cada lluvia.
| El muelle al amanecer. Foto: Municipalidad Villa Gesell. |
Por entonces, tenía un aspecto similar al de Papá Noel, con una larga y tupida barba blanca, y siempre usaba un sombrero de safari para ocultar su calvicie, aunque algunos cabellos blancuzcos y ensortijados se alcanzaban a ver detrás de sus orejas y justo arriba de la nuca. Sus ojos permanecieron azules como el mar y su piel rosada, como si el sol de la playa no hubiese podido tostarla a pesar de tantos años de contacto mutuo. Y en cada palabra que pronunciaba acentuaba las consonantes, especialmente, las “R”, señal de que nunca perdió la esencia de su lengua nativa.
Pero el desarrollo de la villa también fue posible gracias al aporte de los inmigrantes. “Los verdaderos pioneros de la villa fueron los hombres y mujeres de distintas culturas que se animaron con el correr de los años a poblar este pueblo que en un inicio era como el Sahara, no tenía ni una sola planta”, señaló Don Carlos.
“Cuando fundamos la villa colocamos un cartel en la entrada que decía: 'Aquí se recibe inmigración y se brinda protección y hospitalidad a los nuevos pobladores' (…) Un compatriota recién llegado a la villa me contó que estando en el frente de batalla se llegó a comer el pan de los muertos porque por la mañana repartían pan a los soldados que levantaban las manos, entonces él, tirado en el barrio helado, levantaba los brazos de los cadáveres que yacían a su lado para que arrojaran pan hacia allí y después los recogía y se los comía. ¿No es eso algo terrible? 'No quiero más guerra, nunca más´, me decía aquel pobre hombre con lágrimas en sus ojos porque había perdido absolutamente todo: su casa, sus bienes, hasta su ropa. Y como él había muchos otros que venían de la miseria más desesperante. Yo, afortunadamente, tuve una familia a la que nunca le faltó trabajo para poder subsistir”, explicó el pionero.
Según Don Carlos, “en los primeros años fue difícil porque había inmigrantes de países que habían perdido la guerra y también de los que la habían ganado. Y muchos se odiaban entre sí por lo que sus respectivas naciones se habían hecho una a la otra, lo que se potenció luego de la Segunda Guerra Mundial”.
“Pero a pesar de ello pudimos salir adelante todos juntos. En la Navidad, por ejemplo, generalmente nos reuníamos varias familias en una misma casa, formábamos un círculo alrededor del árbol, que no era como los que se compran ahora sino un pino de verdad que talábamos para la ocasión, nos tomábamos de las manos y cantábamos. La única dificultad era ponernos de acuerdo en qué idioma entonar los villancicos”, añadió.
El fundador de la villa siguió trabajando incansablemente hasta mediados de 1979, cuando primero murió su esposa y unos meses más tarde él. Y los restos de ambos fueron inhumados el cementerio local en sendas ceremonias a las que asistió prácticamente toda la población de la villa que tanto los quería.
“Todo en esta villa es especial y, fundamentalmente, innovador”, resumió poco antes de fallecer, aunque su legado aún se mantiene vivo a través de distintas tradiciones, como la Fiesta del Chocolate.
UNA VIVIENDA PECULIAR
El 13 de julio de 1991, “la casa de las cuatro puertas” tipo chalet de Don Carlos y su familia se convirtió en el Museo y Archivo Histórico Municipal de Villa Gesell, con el objetivo de preservar y difundir la vida, obra e inventos del fundador de la ciudad y de su padre, el reconocido economista Silvio Gesell.
| El chalet de Don Carlos convertido en un espacio cultural. Foto: Museo Histórico Municipal Carlos Gesell. |
El espacio conserva la estructura original de la vivienda y cuenta con una amplia variedad de muestras patrimoniales y una agenda dinámica de actividades:
-“Soy Inventor”/ “Los inventos de don Carlos”: es una exposición dedicada exclusivamente al espíritu creativo del fundador. Exhibe planos, bocetos originales y recreaciones de algunos de sus más de 400 inventos patentados.
-Colección Documental Carlos Gesell: muestra fotografías familiares de los años 30 y 40, herramientas de trabajo utilizadas para fijar los médanos y documentos públicos de la época fundacional.
-Sección Silvio Gesell: una sala completa orientada a divulgar el pensamiento y los estudios económicos del padre del fundador.
-Exposiciones artísticas rotativas: son muestras temporales que incluyen exposiciones fotográficas colectivas, grabados o colecciones históricas locales como, por ejemplo, muestras sobre los clubes de fútbol de la villa o arquitectura eclesiástica local.
También se brindan visitas guiadas, que realizan recorridos diarios dirigidos por el servicio educativo del museo y conectan la emblemática casa con otros museos del Pinar del Norte.
Además, está el ciclo "Yo conocí a Carlos Gesell", que consta encuentros y entrevistas abiertas orientadas a la comunidad para recopilar y difundir testimonios de los antiguos pobladores que interactuaron directamente con el pionero.
A su vez, en el complejo se brindan talleres abiertos y clases comunitarias de disciplinas variadas como Tai Chi, dibujo y técnicas artísticas como Patchwork.
Mientras que en el jardín y el Centro Cultural adyacente –el chalet de Don Carlos- se realiza el ciclo de conciertos y documentales donde se proyectan obras de cine con temática local, encuentros de coros y presentaciones de la Orquesta Municipal.
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